El reciente ajuste en el precio de los combustibles en Chile ha encendido las alarmas en el sector productivo. El valor del diésel registró un aumento de $89 por litro, mientras que las bencinas de 93 y 97 octanos subieron $35 por litro. Aunque la magnitud del incremento fue calificada por los gremios de transporte como «menos mala de lo esperado» por no superar la barrera estimada de los $100, las organizaciones advierten que la medida sigue dañando severamente la estructura de costos del transporte de carga.

Radiografía del incremento y la postura gremial

De acuerdo con la Confederación Nacional de Dueños de Camiones de Chile (CNDC), el hecho de que el ajuste se mantuviera por debajo de los tres dígitos otorgó un leve respiro frente a las proyecciones iniciales más pesimistas. Sin embargo, el problema de fondo persiste de forma crítica. Los transportistas señalan que actualmente están absorbiendo la mayor parte de estos gastos adicionales, debido a las severas dificultades comerciales para traspasar de forma directa este valor a las tarifas de fletes que cobran a sus clientes.

Esta situación genera un riesgo inminente para los pequeños negocios y transportistas independientes. A diferencia de las grandes corporaciones, las empresas de menor tamaño carecen de los colchones financieros o el flujo de caja necesario para soportar alzas continuas y acumuladas en su insumo básico.

Desde la perspectiva gubernamental, las autoridades explicaron que este fenómeno responde a variables externas complejas e inevitables. El encarecimiento se ve fuertemente presionado por el comportamiento del precio internacional del crudo, pero está principalmente determinado por contingencias operativas globales, específicamente la salida de operación de importantes refinerías en distintos puntos del mundo, lo que ha restringido de forma severa la oferta de diésel a nivel global.

Desde [Transportes Pezzola] el análisis de este nuevo «bencinazo» expone una desconexión riesgosa entre las métricas macroeconómicas de contención y la realidad de supervivencia microeconómica. Que un incremento de $89 sea percibido con resignación como un escenario «menos malo» demuestra cómo las expectativas del mercado se han ido habituando a la hostilidad inflacionaria.

El transporte terrestre de carga opera como el sistema circulatorio de la economía chilena; no existe bien de consumo, alimento o insumo que no dependa de un camión para llegar a su destino. Cuando el diésel sube de forma sostenida y las pymes del sector actúan como barreras de contención absorbiendo los costos debido a la asimetría de poder de negociación frente a sus clientes, se produce un desgaste invisible pero letal. Una pyme sin caja que quiebra es una ruta menos eficiente, una menor oferta de servicios y, eventualmente, una presión que terminará traspasándose al precio final de los bienes básicos.

Por lo tanto, la aparente estabilidad fiscal lograda al mitigar un alza mayor mediante mecanismos de estabilización gubernamentales no elimina el riesgo sistémico. Mientras la matriz logística interna siga dependiendo críticamente de combustibles fósiles sujetos a los vaivenes geopolíticos y de refinación mundial, la inflación en Chile mantendrá un motor latente, recordándonos que el verdadero costo de un producto no está solo en lo que cuesta producirlo, sino en el precio insostenible que hoy cuesta moverlo.

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